Tamara Manríquez Quintana.

Enfermera Jefe Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Regional Coyhaique

                Es enero del año 2020 y en las noticias internacionales comienzan a informar la aparición de un nuevo virus en Wuhan, un pequeño pueblo de China. Aún recuerdo que poco tiempo después se nos citó a una reunión, por parte de la Seremi de Salud Aysén, para informarnos de este virus. Fue por primera vez que escuchamos hablar del SARS COV2, que producía una enfermedad llamada COVID-19, que causaba insuficiencia respiratoria grave y que estaba causando estragos en la población, incluyendo muertes, principalmente adultos mayores. Creo que los que asistimos a esa reunión nunca llegamos a dimensionar lo que se vendría en adelante y que el COVID-19 cambiaría radicalmente nuestras vidas.

Desde ahí comenzó una vertiginosa carrera: el virus se comenzó a esparcir por el mundo, y en marzo ya estábamos en medio de una pandemia. Se recibía mucha información, de todas partes del mundo, no había mucha certeza de nada, era un virus nuevo, poco se conocía de su comportamiento, había mucho temor, pánico colectivo, gente que no creía que esto era verdad -incluso aún no creen- y ni hablar de las teorías conspirativas. Lo cierto y lo concreto es que, pese a nuestros propios temores, como único equipo de Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de la región, debimos comenzar a prepararnos para poder recibir a pacientes con COVID, requiriendo mucho estudio y mucha preparación logística.

Desde que llegó la primera paciente a la UCI del Hospital Regional Coyhaique en junio del año pasado, no hemos parado. A la fecha, hemos atendido alrededor de 160 pacientes con ventilación mecánica invasiva, todos con un factor común: muy graves y con un pronóstico incierto. Gracias a los excelentes cuidados tanto médicos como de enfermería, la mortalidad, en comparación a otras unidades de cuidados intensivos del país, es baja. Pero esto no ha sido gratis; el cuidado de estos pacientes, que por su gravedad requieren más atención que un paciente grave de cualquier otra patología, ha producido un desgaste físico y emocional al equipo. Hemos sentido miedo de contagiarnos y contagiar a nuestras familias, hemos sentido la frustración de ver cómo la gente, en general, no hace caso a las medidas de prevención. Cada vez que sale la noticia de una junta clandestina o que no se cumplen las medidas de autocuidado y prevención, sentimos una desvalorización de todo el trabajo y el esfuerzo que implica la atención de pacientes con COVID, que si bien en un principio eran en su mayoría adultos mayores, durante este 2021 hemos visto nuestra sala repleta de personas entre 20 y 30 años, jóvenes cuya vitalidad se congeló por semanas conectados a un ventilador mecánico que les permita seguir respirando. Sin duda, ha sido una experiencia devastadora.

El COVID 19 cambió radicalmente la vida de todos los funcionarios hospitalarios alrededor del mundo, sobre todo de los que trabajamos en las unidades de paciente crítico. Lamentablemente, estas transformaciones no son sólo en el plano laboral, sino también desde el punto de vista social, teniendo que dejar de lado nuestras familias, hijos y amigos, sin posibilidad de poder reunirse como antes, sin posibilidades de poder tomar vacaciones cuando uno quiera si no cuando se pueda, sin posibilidades de viajar; en el caso de la UCI del Hospital Coyhaique, muchos de nuestros funcionarios no son “nacidos y criados” en Coyhaique, tienen a su familia fuera de la región y no las han visto en más de un año y medio. Pero los que trabajamos en salud entendemos que es lo que nos tocó, y a pesar del desgaste físico, mental y sobre todo emocional, intentamos enfrentarlo de la forma más profesional posible, independiente de lo que pudiese estar pasando con nuestras propias vidas.

Una vez que se inicia el proceso de vacunación, vemos una luz de esperanza de que esto puede mejorar y que más temprano que tarde podríamos volver a la vida que teníamos antes, pero para poder llegar a eso las personas deben vacunarse. Creo que la vacunación se convierte en un deber social, de autocuidado y cuidado de los que nos rodean.

Hemos debido hacer numerosos cambios en nuestra forma de trabajar, desde la cantidad de elementos de protección personal que debemos usar en la atención de nuestros pacientes, la forma de dar información a los familiares, hasta la forma en que nos relacionamos dentro de nuestros puestos de trabajo. Han sido meses duros para todos.

 Creo que la población en general no sabe o no conoce toda la transformación que debió sufrir el Hospital Regional Coyhaique para aumentar la cantidad de camas críticas y así poder dar respuesta a nuestros usuarios en los peores momentos de la pandemia. Por todos estos esfuerzos que se han realizado, el llamado a la comunidad es a vacunarse y a seguir manteniendo las medidas de autocuidado.

Vencer esta pandemia es tarea de todos.

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