Felipe Caro Pozo

Mg. en Políticas Públicas y Seguridad Ciudadana.

Desde la década de 1980 en adelante, uno de los elementos gravitantes dentro de las estrategias de prevención del delito y las violencias, tanto a nivel país como de los gobiernos locales, ha sido el control de las incivilidades. 

Como su nombre indica, se trata de conductas que han sido identificadas como “inciviles”, o ausentes de civilidad o cultura. Si bien desde el punto de vista legal no se consideran delitos, estas conductas aportan señales sobre la desorganización social en los barrios y se vinculan al aumento del sentimiento de inseguridad de sus habitantes. Entre ellas se puede mencionar la acumulación de basura y los microbasurales; el consumo de alcohol y drogas en la vía pública; los rayados y grafitis; espacios de uso público y vegetación descuidados; ausencia de iluminación, presencia de perros vagos, sitios eriazos y balaceras o disparos, entre otros. 

El origen de estas ideas está en el trabajo de dos investigadores estadounidenses, Wilson y Kelling, que desarrollaron su Teoría de las Ventanas Rotas a través del artículo “Broken Windows: The Police and Neighborhood Safety” de 1982. Los autores partieron analizando la modificación de la función de las policías en ciertas ciudades, que pasaron de recorrer la ciudad en vehículo a hacerlo a pie. Esta iniciativa, sin embargo, generó un efecto interesante: los delitos no se redujeron, pero sí se mitigó la percepción de inseguridad por parte de los residentes de la comunidad, al tiempo que se mejoraron las relaciones entre los habitantes y los funcionarios policiales.

Así, cuando se entregaron los resultados, se descubrió que si bien el patrullaje a pie no había disminuido la cantidad de hechos delictivos, si había producido un impacto en los residentes, los que tendían a creer que se había reducido el delito, y parecían tomar menos medidas para protegerse de él (como por ejemplo encerrarse en sus casas) Junto a esto, los vecinos de los sectores patrullados habían desarrollado una mejor opinión de la policía; y los funcionarios habían generado lazos de cercanía con los habitantes del sector, lo que les permitía trabajar más satisfechos y contentos, al tiempo que se reintrodujo el sentido del orden y a los residentes se les transmitió la sensación de que habían recobrado el control del vecindario. Y esto, relacionado con la función de la policía de controlar el orden y ciertas actitudes que transgredían e impactaban la calidad de vida de la comunidad.

La idea de las “ventanas” es que si una ventana de un edificio está rota y se deja sin reparar, el resto de las ventanas seguirán siendo destruidas. Esto es cierto tanto en buenos barrios como en los más empobrecidos. Para los autores esta rotura de ventanas no ocurre en mayor escala debido a que algunas zonas están habitadas por gente que guste de romperlas mientras otras están pobladas por gente que las proteja de la destrucción, sino porque una ventana sin reparar es señal de que a nadie le preocupa; por lo tanto, romper más ventanas no tiene costo alguno

Este trabajo fue uno de los primeros en otorgarle importancia a actitudes distintas al delito, las incivilidades, en la generación del sentimiento de inseguridad en las personas, intentando explicar la relación entre comportamientos de desorden urbano, como el vandalismo, los grafitis, la presencia de basura, perros vagos y mendigos en las calles o el consumo de alcohol o drogas en la vía pública, con el aumento de conductas antisociales que llevarían a mayores delitos e inseguridad. Al controlar dichos ambientes, a través de leyes, de la presencia policial y la acción de los vecinos, las autoridades y los habitantes de la zona contribuyen a generar un entorno de orden y respeto a la ley, y con esto, prevenir la aparición de delitos más graves. Con esto, y al establecer esta vinculación entre desorden y delito, entonces cuando las pequeñas infracciones o “incivilidades” no son contenidas, devendrán en delitos mayores y más graves. 

Cuando dichas conductas no son controladas, se genera una sensación de que todo estaba permitido o que se puede actuar sin respeto a la ley o el control social, lo que también afecta al entramado social de la comunidad y su cohesión, pues sus habitantes tienden a retraerse de los espacios y la vida pública, encerrándose cada vez más en sus viviendas y adoptando diversas medidas de gestión de la inseguridad. 

Con todo lo anterior entendemos de mejor manera la preocupación actual dentro de las políticas públicas de seguridad por las actitudes inciviles y el importante papel que en ello desempeñan los gobiernos locales, los municipios, y las organizaciones comunitarias, pues son quienes mejor conocen lo que ocurren en sus territorios. 

By Editor

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