Por Francisco Devia Aldunate

En la lucha sin cuartel contra la estatua del General Baquedano, la primera víctima fue el bronce que representaba al Soldado Desconocido que encarna, ni más ni menos, al pueblo chileno.

Son pocos los que levantaron la voz por ese primer bronce arrancado con la figura de un soldado anónimo, que probablemente murió combatiendo en la Batalla de Tacna, el 26 de mayo de 1880.

¿Cómo se llamaba? ¿Fue un campesino de Valle Central o un minero de Copiapó o Coquimbo? Solo estamos seguros que fue un hombre pobre, que dejó atrás a sus seres queridos que no volvieron a saber de él.

Ese soldado, que debió integrarse a un batallón y aprendió a usar armas, juró lealtad a una bandera y de tanto verla, día a día, encabezando la marcha, llegó a reverenciarla y a identificarla con la Patria y -en consecuencia- a quererla.

¿Dónde se encontró su cadáver? ¿murió por bala, bayoneta o cañón? Citando a Borges, “dio su vida a la Patria que ignoraba”.

Ese soldado, que representa a miles de patriotas chilenos, a los más humildes, debe ser respetado, recordado y constituir un objeto de homenajes. La República tiene con él una deuda que no se borra y el deber moral de hacer respetar su tumba, con la misma decisión que él mostró en Tacna, Arica, Pisagua, Chorrillos o Huamachuco.

En forma simbólica, en el aniversario de la batalla donde probablemente perdió la vida, en Tacna un 26 de mayo, los chilenos debiéramos realizar un homenaje a nuestro héroe desconocido. Un homenaje tan simple como que quien pase ese día frente a la Plaza Baquedano se detenga un momento, lo recuerde y agradezca su sacrificio. Estoy seguro que, desde algún lugar, el soldado nos agradecerá con una sonrisa.

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