Rodolfo Cannobbio Cuevas

A fines del año 1966 fui nombrado Ingeniero Provincial de Vialidad de Aisén, se me asignó casa fiscal y un vehículo Land Rover, apodado el Diablo Blanco, porque en él y a lomo de caballo, tuve la fortuna de recorrer toda la Provincia de Aisén, guiado siempre por un lugareño o poblador; con un rifle calibre 22, manta de castilla y sombrero, constituían siempre mi equipo.

Mi día comenzaba muy temprano, mi manta de castilla pesaba cerca de 4 kg, al amanecer, al terminar el día y bajo la inmisericorde lluvia y/o nieve que caía sobre ella, terminaba pesando cerca de 20 kg.

Impulsado por las vibras humanistas, una conciencia intranquila y un gran corazón de hombre, me motivaban con un empuje irrefrenable a continuar incesantemente en la labor que se me había encomendado.

Muchos pensarán que lo hacía con bastante sacrificio personal recorriendo valles, montañas y nieve, pero ello no es verdadero, porque cuando pasaba manta en riestra bajo la lluvia, el dedo de Dios me señalaba el camino, a través de una naturaleza voluptuosa, las aves y el viento se abrían a mi paso para saludarme en un bacanal concierto Si eso no es felicidad, ¿Qué cosa es? No se arriesga ni sufre quien trabaja en favor de otros seres humanos.

Los caminos no los construyen los ingenieros en los escritorios, son motivados por la gente que necesita vivir y desarrollarse a la vera de ellos. Hay que verlos en vivo, estudiarlos en terreno y conversar con el pueblo para detectar sus necesidades comunicacionales.

Por tales razones tuve que trasladarme en avioneta a Cochrane, un pueblito de no más de 250 habitantes, en aquel entonces, que necesitaban en aquella época traer sus víveres, llevar su producción y civilidad desde el Lago General Carrera, Chile Chico y comunicarse entre pobladores.

El camino de Bertrand a Cochrane era el hito del desarrollo comunal de unos 50 km aproximados que vadeaba el Río Baker, desaguadero del Lago General Carrera que con su canto transcurría en un derroche de colores virginales, además de ser el río más caudaloso de Chile.

Se había comenzado a construir con alrededor de 50 repatriados, comandados por don Luis Largo, funcionario de Vialidad de Puerto Aisén que debía dirigir, medir los tratos de los trabajadores y pagarlos mensualmente. Don Luis fue a esperarme al aeródromo con la movilidad fiscal existente: dos escuálidos jamelgos. De ahí emprendimos viaje hacia Puerto Bertrand.

En aquel entonces el camino que estábamos construyendo no era sino una huella en que difícilmente pasaba un jeep, que no existía en la zona, hecha con el tesón y el esfuerzo de estos obreros a golpe de chuzo, pala, picota, carretillas, pólvora y dinamita.

La tierra no era tierra , era un bloque cristalizado por la humedad y las temperaturas bajo 0 ; con cinceles y cuñas de fierro había que perforarla, cargarla con pólvora y tronarla; las cuñas no tenían filo y ni siquiera había esmeriles para afilarlas. Las rocas había que perforarlas a mano, sin perforadoras mecánicas y cargarlas con dinamita, para después volarla.

Ni decir que los rendimientos se reducían prácticamente a cero, haciendo notar que el precio contratado de por si, era miserable Ningún funcionario de la jefatura provincial concurrió nunca, a ver estos desastres, ni a medir, ni a hacer los estudios respectivos, ni a conversar con los obreros.

Los trateros no tenían ropa, botas de agua, sólo bototos viejos autofinanciados, tampoco equipos de seguridad para la lluvia. Vivían en campamentos abastecidos por ellos mismos, una “camarada” les cocinaba, lavaba la ropa (donde no había agua ni jabón) y de paso les prestaba servicios sexuales.

Los campamentos eran construidos sobre suelo natural ( barro) sin piso, con tablas de lampazos ( tablas desechables de los cortes de madera, con corteza y perforaciones) por donde se colaba el frío y el viento con temperaturas bajo 0°, planchas de techo de zinc oxidadas y perforadas.

Por las noches los techos empezaban a gotear producto del frío y la humedad, luego se congelaban las goteras que dejaban de caer. Si es que había un lavatorio y un jarro de agua en el campamento, estos se congelaban.

La miseria y el desamparo se habían empoderado de estos vestigios de seres humanos. Con el pobre vocabulario de ellos comprendimos lo paupérrimo, miserable y deshumanizada vida de esta gente olvidada de su esencia misma.

Nos despedimos del personal de los 4 campamentos, montamos en nuestros briosos y flacuchentos corceles fiscales y emprendimos el regreso a Cochrane, de ahí en avioneta piloteada por el Neto Hein regresamos a Puerto Aisén con una pena en el alma y una lágrima en la garganta.

Afortunadamente los recursos económicos, no eran escasos para la Provincia, pues las crecientes de los ríos habían destruidos todos los puentes y caminos, y habíamos solicitados fondos del 2% Constitucional para reponerlos con esos fondos reestudiamos los tratos de los Repatriados de Cochrane, prácticamente los multiplicamos por 1000%; compramos herramientas nuevas, chuzos, palas, picotas carretillas, esmeriles, ropa de agua, botas; maderas y planchas de zinc para los campamentos, etc. Hicimos las nuevas planillas de trato y fuimos a llevar los materiales y sueldos a Bertrand.

Atravesé el Lago General Carrera desde Puerto Ibáñez hasta Guadal, donde me encontré con el Gobernador de Chile Chico don Eulogio Silva, hombre humanista y de gentil presencia y prestancia. Ahí contratamos un bote con motor fuera de borda para que nos llevara hasta Bertrand, atravesando el Lago el motor se paró varias veces y el botero tuvo que limpiarlo otras tantas.

Le recomendamos al operador reparara o cambiara el motor, a su regreso el botero desapareció, sin dejar rastro de su presencia. Así era la vida en el antiguo Aisén, cruel y peligrosa, saturada de riesgos, pero de una belleza frenética y salvaje en que siempre estaba presente la espiritualidad y la belleza mística de la naturaleza .

En Bertrand nos esperaba don Luis Largo, un señor de unos 52 años, que para nosotros era un viejito, con tres jamelgos fiscales, bien equipados y emprendimos el viaje hacia

Cochrane, pasando de campamento en campamento. En Cochrane nos esperaba el líder de los trabajadores con un cabildo organizado para juzgar a las autoridades y si mal no recuerdo su apellido era Márquez, dirigente comunista, partido al que debieran moralmente pertenecer todos estos trabajadores, correspondiendo así a las injustas y deplorables condiciones de vivencias y de trabajo y si no pertenecían, yo los consideraba como que no tenían sentido de clase. Hay que destacar que en aquel entonces la mayoría del pueblo entre hombres y mujeres eran parientes o amigos del personal de Vialidad.

Abrió el Cabildo el sr. Márquez con tres páginas en la mano dijo que en esas hojas él traía la petición de todos los repatriados del camino de Bertrand a Cochrane, pero que jamás soñó, ni pensó nunca, que los beneficios que les otorgaba la Dirección de Vialidad eran mucho mayores que sus peticiones. Luego tomó las hojas con las peticiones y las rompió públicamente. Desde entonces el sr. Márquez fue el mejor capataz que Vialidad nunca tuvo por esos lares.

Probablemente el olvido y el paso de los años ha borrado las huellas de estos antiguos mártires y próceres, valerosos trabajadores que con su alta dignidad contribuyeron al engrandecimiento de su comunidad, aunque ellos nunca lo supieran.

Estos héroes son los verdaderos y auténticos Precursores de la Carretera Austral

By Editor

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